jueves, 4 de abril de 2013

Una historia...

Todos los días la vida pasa en pequeños momentos, momentos que siempre se convierten en historias. Historias de alegrías, de tristezas, de golpes emocionales, de emociones que golpean; de partidos de Champions, de exámenes de la U.  Historias que necesitan ser contadas y otras que nunca saldrán a la luz. Esta historia la escribo porque a veces es bueno sentarse y sacar tiempo para uno mismo, es como simular un punto de control donde se quita lo malo, se rescata lo bueno, se aprende y se aplica para el mañana.
Hace un par de meses me llevé un golpe emocional bastante fuerte, y a partir de ese momento decidí “levantar escudos” para que no volviera a pasar. Creo que a nadie le gusta sentirse mal, y si le gusta, probablemente tenga problemas serios en la cabeza. Es raro; es una impotencia extraña cruzado con enojo, fue feo, lo acepto, muy feo.
Desde ese momento, las cosas estuvieron digamos que estables, pues decidí no salir de la zona de confort. No tomar riesgos ni hacer cosas que no tienen ninguna garantía de que salgan bien. Simplemente ignorar lo que había pasado y centrarme en otras cosas. No sabía del error que estaba cometiendo en ese momento, pues esa pequeña decisión hizo que las cosas estuvieran “estables”.
Ese tipo de zona de confort tiene un gran problema. El hecho de evitar las confrontaciones, evitar llamadas que, aunque no demuestren ningún sentido de dignidad, sabía que tenía que contestarlas, leer mensajes de texto entrantes y tener 200 formas de responderlo pero no hacerlo, escuchar a mis amigos cercanos traer a la mesa de tertulia del bar pueblerino el mismo tema que me sacaba completamente de la “estabilidad”, siempre me llevaban al mismo lugar de antes. No me había dado cuenta que ese sentimiento que se causaba por todo esto era mi culpa. Es cierto, el daño ya estaba hecho, pero los escudos que había levantado, el no hacerle frente a la cosas, no me dejaba superar lo que ya era pasado y yo mismo me estaba haciendo daño. Andar titubeando entre la línea de superar y reemplazar es muy difícil.
Ayer por pura casualidad me enseñaron que la vulnerabilidad a las cosas, esa misma vulnerabilidad que causa el miedo al rechazo, a no ser de verdad quien soy o de mostrar la imperfección que nos hace humanos, esa vulnerabilidad que provoca el miedo a ser lastimados otra vez, esa misma vulnerabilidad es la primera grada que se necesita subir para vivir como tenemos que vivir. Levantar escudos es demostrar cobardía, es vivir sin coraje, sin ser quienes somos de verdad, a mentirnos y mentirle a la gente, a disimular que “estamos bien”.
Creo que ser vulnerable es bueno. No se puede decidir no ser vulnerable a la tristeza sin ser también no vulnerable a la felicidad. Vienen en un mismo paquete. Si quiere ser feliz tiene que ser vulnerable a la felicidad. 
Yo era de las personas que pensaban que las acciones buenas traían buenas consecuencias sin necesidad de “tomar riesgos”. Ahora soy de las personas que piensan que hay que moverse para que le salgan las cosas. Si tiene un problema con alguien enfréntelo, no deje que por culpa de esa persona deje de ir a clases, o no pueda ser quien de verdad es. No se esconda nada. Si tiene sentimientos guardados por alguien desde hace mucho tiempo pero cree que no va a ser correspondido no importa, mándese, lo más malo que puede pasar es que lo “friendzoneen” más de lo que ya es jaja. Mostrarse sin escudos requiere un poco de astucia y mucho valor… Valor que cuesta conseguir.
Las historias que se cuentan están en el pasado, lo que de verdad vale la pena son las que todavía no son historias, sino los momentos que se hacen en este instante, en esta vida.

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